lunes, 15 de febrero de 2016














EL BAILE







El autobús abandonó la carretera y enfiló el tortuoso camino de Valldenebro. Aquello era un hecho excepcional y las pocas personas que lo vieron pasar levantaron la cabeza intrigados. Cuando llegó a la plaza, se detuvo un par de minutos. Después dio dificultosamente la vuelta e inició el empinado descenso hasta la Nacional.
Los que paseaban, volvieron rápidamente a sus casas. Los que habían asomado la cabeza por la ventana, la escondieron, cerrando sus ventanas de un golpe seco. Del autobús habían bajado cinco personas. Una mujer de unos treinta y cinco años, rubia, elegante, que llevaba en brazos un niño de pocos meses. Otros dos niños, seguramente también hijos suyos, niño y niña, de entre ocho y diez años, ella rubia, él moreno, que miraron la plaza desierta como quien mira la horca donde va a ser pronto colgado, y una muchacha delgada y nerviosa, vestida con sencillez, que se encargó de sacar las maletas y se entretuvo en despedirse del conductor cuando la mujer del niño en brazos y los dos niños de mirada asustada ya habían empezado a andar, dejándole el grueso del equipaje para ella.
La casa donde los viajeros se dirigían estaba situada al final de la calle principal. Hacía esquina con la plaza mayor y tenía dos entradas. Era con diferencia la casa más grande de la aldea, pero llevaba más de veinte años cerrada. Por eso, nada más descargar sus maletas y bolsas, abrieron las ventanas de la planta baja y encendieron el fuego de varias de las chimeneas. Después, la mujer elegante autorizó a sus dos hijos mayores a salir a jugar al jardín y, con su hijo pequeño en brazos, procedió a mostrarle a la muchacha algunas partes de la casa. Visitaron toda la planta baja, que era la planta donde antiguamente vivía el personal de servicio y donde se habían instalado ellos porque al ser las habitaciones más pequeñas y estar más resguardadas del viento, resultaban las más fáciles de caldear.
Al llegar a la escalera principal, la señora dio muestras de no querer continuar con la visita. La criada, que era eficiente y gozaba de la confianza de su señora, le preguntó si podían subir.
–No hay mucho que ver –le respondió la señora.
Sin embargo, al ver el gesto de decepción de la muchacha, decidió continuar. Llamó a su hija. Ésta llegó corriendo, extendió los brazos y cogió con cuidado a su hermano pequeño, que dormía plácidamente y no se despertó. Después miró a la criada y le indicó con un ademán desenvuelto que empezara a subir. Ella la alcanzaría enseguida, en cuanto diera unas breves instrucciones a su hija.
La criada obedeció encantada. Pero su alegría se esfumó cuando llegó arriba. La mayoría de las habitaciones de la planta superior estaban llenas de cuadros, jarrones, libros, relojes, relicarios, joyeros, armaduras y otros objetos valiosos. Aquella había sido la vivienda de verano del último conde de Romanillos, uno de los hombres más ricos de la provincia. Los dueños actuales habían dejado la mayoría de sus pertenencias donde estaban, sólo se habían limitado a poner un doble cerrojo en las puertas. Al ver las puertas cerradas, la criada decidió esperar a la señora, pensando que eso era lo correcto. No imaginaba que las puertas pudieran estar cerradas con llave ni, mucho menos, que la señora careciera de estas llaves. Por otro lado, la señora no le reveló este detalle hasta que estuvieron frente a la primera puerta, que era la del primitivo dormitorio de los anteriores señores. Entonces, sólo entonces, le confesó que no tenía la llave. Ni la de esa puerta ni las de las restantes. Su marido se había ocupado de ponerlas en un lugar seguro –explicó–, de manera que lo más que podría mostrarle serían las puertas cerradas y los pocos cuadros que colgaban de las paredes del pasillo.
Clara quiso comprobar que la puerta estaba en efecto cerrada.
Lo estaba.
Sandra pensó que ahí terminaba el corto recorrido por la planta superior.
–Bueno, creo que va siendo hora de pensar en la cena… –comentó.
Sus palabras pretendían ser una orden, pero, para su sorpresa, la muchacha insistió en continuar la visita. Era demasiado joven y llevaba muy poco tiempo trabajando de criada: no conocía bien sus límites, trataba a su señora con excesiva familiaridad y a veces, ante el estupor de ésta, se permitía ignorar sus palabras. Sandra pensó que debía recriminarla. Pero antes de que lograra encontrar las frases adecuadas (no quería ser brusca, pero tampoco quería que su sirvienta pensara que su falta era excusable), Clara se dirigió hacia la siguiente puerta, la del gran salón del baile, que se abrió suavemente cuando sus dedos hicieron girar el pomo dorado y polvoriento.
–¡Está abierta! –gritó, sin molestarse en disimular su entusiasmo.
Un instante después había desaparecido de su vista.
De nada sirvió que la señora la llamara por su nombre. La muchacha no respondió y, maldiciendo su condescendencia, tuvo que entrar a buscarla.
De pronto se encontró sumida en la más completa oscuridad.
–¿Clara? ¿Dónde estás? –gritó de nuevo.
No estaba asustada. Le resultaba muy extraño que la puerta estuviera abierta pero, como era un mujer práctica, rápidamente buscó una explicación: “Mi marido la debió abrir el año pasado, cuando vino a mostrar la casa y las tierras a unos amigos”, se dijo. Era una explicación precaria, porque su marido era una persona muy meticulosa y responsable, que nunca olvidaba cerrar una puerta (y menos aún si esa puerta protegía objetos de valor), pero, a falta de otra mejor, decidió creérsela.
Se oyó un chirrido agudo. Clara había conseguido llegar hasta una de las ventanas, a tientas, sin romper ninguno de los muchos jarrones de porcelana que se amontonaban por los rincones, colocados sobre estrechos pedestales de madera, de tal manera que quedaban a la altura perfecta para que alguna mano inocente los derribara mientras trataba de encontrar una pared que le sirviera de referencia en la oscuridad. En cuanto la luz empezó a adueñarse de la estancia la señora le ordenó que no siguiera subiendo la persiana.
El enorme salón de baile parecía un barco hundido en un mar de aguas quietas y trasparentes. Los muebles estaban tapados por sábanas blancas, las ventanas llevaban tanto tiempo cerradas que un manto de suciedad cubría las bisagras y las repisas. Pero el suelo de la zona reservada al baile estaba extrañamente limpio y reluciente. Daban ganas de subir todas las persianas, de abrir las ventanas, desamortajar los sillones, encender las lámparas de araña y ponerse a bailar frenéticamente, bailar ahora mismo, la criada con la señora, la señora con la criada, dando vueltas y vueltas al son de una música imaginaria.
Sí. Era un hermoso salón de baile. Daba pena verlo así, sumido en el olvido, a merced del polvo y la carcoma, y sin embargo aún vivo, aún palpitante, como un gran animal moribundo que reclama, entre jadeos silenciosos, un último disparo, el modo honroso de acabar con su sufrimiento. La muchacha estaba consternada. Quería decir algo pero sus sentimientos, sencillos y tiernos, no encontraban palabras con que expresarse. Sandra estuvo tentada de sonreír. Pero no lo hizo. Podía llegar a entenderla bien, pero ella era una señora, y como señora tenía otras preocupaciones en la cabeza. El salón estaba tal y como lo dejó el anterior dueño. Si la criada empezaba a rebuscar por los cajones, rápidamente descubriría una colección de valiosísimos relojes, o una pitillera de oro, o una cajita de nácar con pulseras o otras joyas de un valor insospechado, o quien sabe que otros tesoros minúsculos que poder robar más tarde, cuando los demás durmieran. No. No es que no se fiara de ella. Pero ser precavida costaba muy poco… Simplemente tenía que asegurarse de que la persiana continuara a esa altura, dejando entrar suficiente luz para no tropezar pero demasiada poca para poder explorar el lugar a fondo.
–Bueno, ¿nos vamos?
Había llegado al otro extremo del salón. La obstinación de Clara empezaba a irritarle. Ella no era una mujer fuerte. Se lo decía su marido: “Tienes que ser más dura con el personal. Les consientes mucho”. Hasta su propia madre se lo había dicho más de una vez: “Una señora tiene que mandar. Si no manda no es una señora”. Su madre, ella sí que sabía moverse por el mundo... Había criado a seis hijos, sobrevivido a una guerra, aguantado infidelidades sin perder nunca el aplomo, la elegancia, la sonrisa educada pero firme. No como ella, que no sabía ni imponerse ante una simple criada…
Se acercó a la persiana decidida a bajarla ella misma.
Una sombra negra pasó veloz y silenciosamente sobre sus cabezas.
–¡Ay! ¿Qué ha sido eso? –gritó asustada la criada.
–Tranquila. Debe haber sido un murciélago…
La criada se calmó. La señora aprovechó el incidente para volver a imponer su autoridad. Cuando cerraban la puerta escucharon un fuerte ruido. Con cierta aprensión mal disimulada, Clara volvió a abrir la puerta del salón. Aparentemente todo esta igual. En lugar de volver a atravesar toda la estancia optaron por abrir una ventana del pasillo. Era una ventana muy antigua, con postigos en lugar de persiana. La ventana quedaba a la derecha de la puerta, de manera que la luz sólo entraba en una parte del salón. Miraron detenidamente y descubrieron un cuadro en el suelo. Era un retrato fotográfico de gran tamaño, el retrato de un joven apuesto vestido con uniforme militar, con uniforme de gala, por lo que debía reflejar algún acontecimiento importante, el día de su graduación como oficial, tal vez una boda (“los militares se casan de uniforme”, pensó la señora, pero no se preguntó quién podría ser el retratado, tampoco quiso que su criada se lo preguntara, y respiró aliviada al ver que ésta permanecía en silencio). Al caer, el cristal se había hecho añicos. La fotografía y el marco estaban intactos.
–Déjalo ahí. Ya le diré a mi marido que se ocupe de él.
La criada no rechistó. Empezaba a añorar el calor y la protección de la planta baja, donde las habitaciones no escondían murciélagos y los cuadros no se caían al cerrar las puertas.
Durante las horas siguientes no sucedió nada digno de mención. Clara se encargó, con su habitual buen humor, de preparar la cena. La señora salió al jardín con sus hijos. Estaba sentada al sol, leyendo, cuando la niña se le acercó. Tan pronto la vio venir supo que había discutido con su hermano.
–Juan es un mentiroso. ¡Dile algo! –gritó.
–A ver… ¿Qué te ha dicho ahora? –preguntó su madre doblando el libro cuidadosamente y cogiéndole la mano en un gesto de cariño que pocas veces dedicaba a su hijo varón, tan parecido a su padre en todo lo malo, tan rebelde, tan poco agradecido.
La niña dudó un poco antes de hablar.
–Dice que ha hablado con un señor del siglo pasado.
–Bueno, entonces seguro que es un señor muy mayor…
–Dice que el señor le ha dicho que hacía mucho tiempo que no veía tanta gente aquí. Que esta noche habrá una fiesta estupenda.
Sandra no daba crédito a lo que acababa de escuchar. “¿Tanta gente? ¿Una fiesta? ¿Cómo son en este pueblo? Si sólo somos cinco, y el pobre Enrique casi ni cuenta… Desde luego, ¡qué exagerados! Claro que son tan pocos vecinos, y reciben tan pocas visitas… Lo mismo hasta nos montan una fiesta en nuestro honor. ¿Vendrán a avisarnos o será una fiesta sorpresa?”. Sus pensamientos eran cada vez más inverosímiles. Se reprendió a ella misma por tenerlos. Y no dio más importancia a las palabras de su hijo.
Llegó la hora de cenar. Antes de salir de Madrid, su esposo, el señor Andrés Ortiz de Madariaga, le había prometido que intentaría reunirse con ellos esa misma noche. A estas alturas, su esposa ya había dejado de esperarlo. Su marido era un hombre muy ocupado. Tenía negocios en varios puntos de país y le gustaba controlarlo todo personalmente, de manera que siempre estaba de viaje. Con los años hasta los niños se habían acostumbrado a su ausencia. Aquel día tampoco preguntaron por él. Cenaron en silencio. Después, la señora mandó a Clara a por una vieja radio que recordaba haber visto en su anterior visita. Clara buscó y buscó pero la radio no apareció por ningún lado. La señora volvió a utilizar la misma excusa. “Este marido mío cada día está más despistado. Trabaja demasiado”. Y no se habló más de asunto.
Frente al fuego, Juan quiso que Clara le contara alguna historia de miedo.
–No por favor, que luego no podré dormir –murmuró su hermana.
Temiendo ser motivo de discusión, la criada alegó que tenía que ir a preparar las bolsas de agua caliente para las camas y se marchó a la cocina. El pequeño Enrique se puso a llorar y su madre llamó a Clara para que preparara el biberón.
Llamaron a la puerta. Clara pasó el biberón a la señora y fue a abrir.
Ester, que se asustaba con facilidad, quiso quedarse con su madre. Juan acompañó a Clara.
La calle estaba completamente desierta cuando Clara abrió la puerta. Juan salió a dar una vuelta. Clara le pidió que volviera y, como no lo hacía, salió tras él. Al doblar una esquina, Clara descubrió a Juan de pie en el centro de la calle. Estaba temblando.
–Se ha ido por ahí. Por ahí…
–¿Quién? ¿Quién era?
Juan le contó a Clara que había llegado a ver a la persona que había llamado a la puerta. Le dijo que era un señor con una capa, que le había dado miedo. No podía explicar por qué. Pero le había dado miedo. Clara pensó que se trataba de algún vecino bromista. O de alguien que tenía mucha prisa, lo cual no era extraño con el frío que hacía en la calle. Atribuyó los temblores del niño al frío, se quitó la chaqueta de lana y se la colocó sobre los hombros. Después lo llevó de vuelta a la casa, hablándole de cosas agradables para quitarle los malos pensamientos de la cabeza.
Ester y la señora estaban en la puerta. Su tardanza las había impulsado a salir en su busca.
Clara las tranquilizó y todos volvieron a la cocina, que era la habitación más caliente de la casa. No había luna y la noche era muy fría. El pueblo parecía desierto. La criada pasó el candado y atrancó la puerta con un palo.
Antes de acostarse, la señora fue a la cocina. Allí, en la pared que daba al patio, al lado de un antiguo calendario, estaba colgado el único teléfono que funcionaba en toda la casa. Su situación, a varios metros de altura y en un lugar poco frecuentado por los niños, había resultado providencial. Descolgó el aparato y trató de hablar con su marido. Esta vez la reunión se llamaba Verónica. Su marido llevaba viéndola como mínimo desde antes de Navidad. Clara dormía con Juan y Ester. Ella y su hijo pequeño estaban solos. Por fin podría llorar sin temor a ser descubierta.
¿Llorar? ¿Había dicho llorar? No. Llorar era una debilidad que no podía permitirse. Ella era una señora, una auténtica señora. Su marido podía intentar engañarla con sucias telefonistas. Ella esperaría incólume, serena, hasta que él volviera a sus brazos. Ahí estaba su madre, su ejemplo. Llorar. No. Ella tenía que ser fuerte. Como su madre. Como sus hermanas.
Sí. ¿Pero cómo? Durante dos horas estuvo dando vueltas a la cama sin poder dormirse. Estaba cansada, pero no podía dejar de pensar en lo que su marido y esa mujerzuela estarían haciendo. Había sido muy ingenua al proponerle pasar unos días de vacaciones. Había hecho mal al marcharse sin él. ¿Pero qué podía hacer ahora? Estaba atrapada, atrapada en un pueblo perdido, en una casa tenebrosa, pasando frío y miedo, sintiéndose la mujer más desdichada del planeta. Llorar, llorar… eso es todo lo que deseaba. Llorar hasta no tener más lágrimas. Llorar hasta quedarse dormida.
Entonces ocurre algo… Suena un timbre. ¿Qué es? ¿La puerta? Alguien llama. Pero no. No son golpes. Es el teléfono. ¿El teléfono? ¿A media noche?
Al principio creé que es parte de la pesadilla. En algún momento ha debido dormirse pero ni siquiera dormida puede descansar. Ha tenido una pesadilla, una pesadilla horrible.
Se levanta corriendo y va a la cocina. En su pesadilla estaba en el salón de baile, no en un salón de baile desconocido sino en el salón de baile del primer piso, su salón de baile que nunca usó porque pertenece al fantasma del antiguo conde, el conde que mataron al terminar la guerra, justo el día de su boda, precisamente cuando se dirigía hacia la iglesia que hay al otro lado de la plaza. (Sólo tenía que cruzar una plaza, pero nunca llegó a hacerlo, no pudo hacerlo porque uno de sus invitados llevaba una pistola oculta en un bolsillo, un hombre que había venido de Francia con el encargo de matarlo, y lo mató, lo mató segundos antes de que un guardia civil lo matara a él. Sus cuerpos quedaron tendidos en la plaza, tan cerca el uno del otro que los riachuelos rojos que manaban de sus heridas se juntaron, se convirtieron en un único charco rojo.) Sí. La vieja historia… La leyenda… Lo que cuenta la gente del pueblo… Ella lo sabía todo. Le hubiera gustado no saberlo pero lo cierto es que lo sabía. Le habían contado esta historia hacía muchos años. Y desde entonces había estado tratando de olvidarla… Y ahora estaba soñando con ella… ¡Era eso! ¡Sólo un sueño inquietante! Camino de la cocina, Sandra se detuvo un momento y trató de tranquilizarse. No sabía por qué, pero lo cierto es que estaba aterrada. Era tan real… ¡La boda! ¡La boda del conde! Esa boda nunca había llegado a celebrarse… Y sin embargo, el sueño parecía ser la perfecta recreación de lo que sin duda debería haber sucedido aquel día, en el caso de que todo hubiera transcurrido como estaba previsto. El salón estaba lleno de invitados. Y todos bailaban, reían, se divertían. Pero eso no era todo. No. Lo más extraño, lo que no conseguía  entender, es que ella misma también estaba allí, también formaba parte de los invitados, también era un personaje más de la gran opera que su mente había concebido para ser proyectada únicamente en su propia cabeza, como una película hecha por nosotros y para nosotros, como una película cuyo director permanece oculto en las sombras y cuyo sentido es ajeno hasta para nosotros mismos. Pues, ¿qué hacía ella allí, entre gentes desconocidas, inventadas? Bailar. Así de simple… ¿Qué otra cosa se puede hacer en la celebración de una boda? Era absurdo, sí. Pero era un sueño. Y en los sueños todo es posible. Ella bailaba. Pero no era feliz. Nada de eso. Ella, en su sueño, deseaba estar en otra parte. Pero no podía. No podía porque nunca lograba soltarse de sus compañeros de baile. Y así, el sueño iba desenmascarando su verdadera naturaleza de pesadilla. La música, cada vez más estridente, su ritmo cada vez más rápido, y ella bailando y bailando, asustada, con el corazón oprimido por una angustia inexplicable, y muda, sin palabras, sin poder ni gritar, sin poder hacer otra cosa que dar vueltas y vueltas y sentir como su cuerpo era empujado por seres cuyo aspecto era cada vez más siniestro, por rostros marchitos, envejecidos, rostros borrosos, desdibujados, grotescos, que reían exageradamente y la zarandeaban de un lado a otro, que se disputaban sus manos y brazos como varios perros de presa se disputarían el cuerpo de un conejo recién cazado. ¡Dios mío! Era horrible. Y entonces el timbre, el teléfono, esa llamada salvadora en mitad de la noche, que la había hecho despertar de pronto, que la había arrojado de  vuelta a la realidad justo cuando ella ya se veía perdida para siempre en su sueño.
Volvió a acelerar el paso y aún llegó a tiempo para contestar a la llamada antes de que el aparato dejara de sonar.
–¿Sí? ¿Sí? ¿Andrés? ¿Eres tú?
Aferrada al teléfono como un náufrago a una tabla de madera, sintió una súbita alegría cuando finalmente escuchó la voz de su marido al otro lado de la línea.
–¿Sandra? ¿Eres tú? Te oigo muy mal –dijo la voz.
–¿Sí? ¿Andrés? ¿Qué pasa? Yo te oigo bien.
–No. La música. Quita la música. Está muy fuerte.
Sandra quiso decirle que no había ninguna música. ¿Cómo podía haber música si la radio no había aparecido? Pero de pronto, con un súbito espanto, recordó la pesadilla. Recordó todo lo soñado y de repente toda su alegría se derrumbó. No se disipó ni se desvaneció, sino que de derrumbó de golpe, violentamente, con una sacudida tal que ella misma hubiera jurado que el dolor que ahora recorría su cuerpo y atenazaba su garganta había causado un sonido real, un estrépito de cascotes y vigas que se hunden. Pero si el dolor tenía esa cualidad, si era tan perceptible fuera de su ser, en la propia cocina, entre los objetos y el silencio que la rodeaba, entonces todo lo demás también podía ser real. Entonces ¿qué era realmente real?, ¿qué era un sueño, qué era un recuerdo, qué era una sensación, qué era un acto cierto e inevitable y qué era sólo una imagen voluble, un reflejo de algo que no existía más que en su mente? Durante unos segundos todo se detuvo. Todo menos sus pensamientos, que se precipitan al abismo como caballos desbocados. Escuchó, muy lejana, como un eco que nos llega de no se sabe dónde, la voz de su marido. Pero ella no pudo responder. La voz parecía real. El teléfono, ese metal frío que tenía entre sus manos, parecía real… Pero ella ya no estaba segura de nada. ¿Qué hora era? ¿dónde estaba? ¿Qué hacía ella ahí, de pie junto a un teléfono, tiritando de frío y miedo? Recordó que cuando oyó el teléfono pensó que estaba soñando. ¿Y si seguía soñando? ¿Y si la pesadilla seguía, con otros protagonistas, con otro escenario, pero la misma obra, el mismo argumento? Si creyó que estaba soñando cuando estaba despierta, entonces también pudiera suceder al revés…
¿El argumento? ¡Oh, Dios! ¡Cómo no lo había pensado! Ella llevaba horas luchando contra algo, un ser maligno, invisible, un ser escurridizo, invencible… que al final no era otra cosa que el mensajero… que el mensajero del verdadero peligro… No se trataba de ella, no se trataba de lo que aparecía en el sueño, era lo que no estaba, los que no estaban…
Soltó el aparato. Lo dejó caer sin darse cuenta, conmocionada. Su marido escuchó un golpe, el sonido del auricular al chocar contra la pared. Sandra no pudo decirle ni una palabra. Bien lo hubiese querido… Su terror era tal que no pudo ni gritar. En aquel momento ya sabía que no podría hacer nada. Que todo sus esfuerzos serían inútiles. Había llegado tarde. Ya no tenía sentido correr. Pero aún así fue corriendo hacia su dormitorio. Y allí confirmó lo que ya sabía…
La cuna de Enrique estaba vacía. Instintivamente miró hacia la habitación donde Clara y sus otros hijos dormían. No entró. Se quedó donde estaba, escuchando la agradable melodía que una orquesta muy bien acompasada había empezado a tocar. Por debajo de la puerta cerrada se veía un hilo de luz. Y más arriba, al fondo de la escalera, alguien reía siniestramente. El baile acababa de empezar.



(relato perteneciente al libro "La vida mientras tanto", ed. Groenlandia, 2011, foto del autor)









martes, 1 de diciembre de 2015

















CONTRAPUNTO







ANDRÉS


Si hasta había invitado a una pareja joven a pasar la noche en el cuarto de al lado para que hicieran chirriar los muelles de la cama y que eso les sirviera de estímulo.
Fue una noche que salieron a cenar con sus compañeros de trabajo. Andrés había bebido, se había ido de la lengua más de la cuenta y había contado a un compañero que Juan se había separado de su mujer. Después había dejado que la noticia se pregonara.
Cuando toda la mesa estaba al corriente, Andrés miró a su compañero y le dijo, sin ser consciente de su cinismo:
– Tenía que acabar por saberse, estaba claro. 
Algunas horas después Irene invitó a la pareja.
–Si no tenéis donde ir, podéis venir a nuestra casa. Tenemos sitio…
Pero la pareja joven tenía donde ir y ella y Juan tuvieron que irse solos. El niño estaba con la abuela y no tenían que levantarse pronto. Después de todo no era mal momento para hacer el amor.
Ni siquiera lo intentaron.

Menos de tres meses después Andrés era motivo de conversación. Su mujer lo había dejado.
Sus compañeros fumaban y bebían.
–Tenía que saberse. Al final todo se sabe –exclamó uno.
–Pues no me lo hubiera imaginado nunca –añadió otro.
Las mujeres callaban.

 




 

IRENE



Irene siempre tuvo claro lo que no quería ser. Y siempre pensó que bastaba con eso.
Aprendió a leer y escribir en un colegio de monjas. Cuando le preguntaban: “¿Qué quieres ser de mayor, nena?”, respondía, tajante:
–Monja no.
A los dieciséis años una amiga suya se quedó embarazada. Compendió que no quería ser madre soltera.
Su hermana mayor se caso con un hombre que no la amaba y un día pensó en suicidarse y descubrió que nada la ataba a la vida. Irene se juró que nunca sería una ama de casa resignada y triste.
Irene siempre tuvo claro lo que no quería ser.
Lo que no se explicaba es cómo había acabado convirtiéndose exactamente en eso.
En lo que más odiaba.









IRENE Y ANDRÉS




Poco antes de que todo se destapara Irene fue vista en un rincón de la pista de baile, besándose con un hombre.
Andrés estaba apoyado en la barra, bebiendo. Alguien que no le tenía mucha simpatía fue a decírselo.
–¿Mi mujer? Imposible. Se ha marchado a casa –respondió tranquilamente. Y continuo bebiendo
El otro insistió:
–Que sí, que es tu mujer…
Te equivocas –volvió a responder, un poco más nervioso.
Aquel hombre se equivocaba.
Pero todos le creyeron.
Incluido Andrés



  

 

CLAUDIA




A Andrés le gustaban las cenas de trabajo. Sobretodo si su mujer no le acompañaba. Entonces podía fumar, beber, fanfarronear y contar todos los chistes verdes que le diera la gana, por muy soeces o poco graciosos que fueran.
Aquella noche había ocurrido algo extraño. Su mujer lo había acompañado durante la cena. Pero después, cuando en la misma puerta del restaurante surgió la habitual disputa entre los que querían continuar la fiesta en un bingo y los que preferían una discoteca, había anunciado inesperadamente que se iba a dormir y, lentamente, como si pasease, se había marchado calle abajo.
Desde ese momento su humor había mejorado. No bailaba, porque no le gustaba bailar, pero se sentía estupendamente. Había conseguido olvidar lo que le esperaba al llegar a casa. El alcohol y las bromas servían para eso, para olvidar, para sentirse uno más entre la multitud, un buen compañero en el trabajo y un buen camarada en las noches de juerga.
Por eso le sentó tan mal la noticia.
¿Irene? ¿Si me había dicho que…? ¿Si yo mismo la he visto irse? En unos segundos todo se detuvo. Las luces de la pista se apagaron, la música paro. Estaba a punto de echarse a llorar cuando recordó que no podía dar ese gusto a sus compañeros. Probablemente la información había pasado de boca en boca. Todos estarían esperando su reacción…
Sin embargo, el mensajero se equivocaba. Irene no estaba besándose con ningún hombre. La penumbra de la pista había contribuido a crear un malentendido, como también el hecho de que su pareja estuviese de espaldas y llevara el pelo corto.
No. Irene no estaba con ningún hombre.
Estaba con Claudia.
La mujer de Juan.

 

 




JUAN



Lo que son las cosas.
Juan pensó que nunca iba perdonar a Andrés. Se lo había contado a él. Sólo a él. Sí. Al final todo se sabe. Pero no tan pronto… Por su culpa ya no podía mirar a sus compañeros a la cara. Era el apestado. Cada día lamentaba no haber cambiado de trabajo cuando hace dos años tuvo oportunidad. Entonces aún creía que lo suyo con Claudia tenía arreglo… ¡Qué iluso!
Pero, cómo es la gente, lo cierto es que cuando se entero de que a Andrés también lo había dejado su mujer, fue de los primeros en llamarle.
Desde hace meses salen juntos a tomar algo todos los sábados.
Con los demás casi ni se hablan.
Algunos están empezando a pensar mal.



(foto de A. V. F.)

miércoles, 9 de septiembre de 2015
















EL PASTOR REENCARNADO








La verídica historia de nuestro pastor reencarnado empieza una noche de verano, hace muchos años y en un lugar muy lejano. A miles de kilómetros de aquí, el pastor reencarnado, entonces un simple mozalbete, escuchaba una conversación en la mesa de los mayores. De pronto se atrevió a interrumpir, para sorpresa de los invitados y para enojo de su padre.
–¿Los habéis buscado en la “Sima sin nombre”?
-¿La “sima sin nombre”? El tomo de enfado de su padre iba en aumento. Sólo la presencia de sus ilustres invitados le contenía. Nuestro pastor reencarnado, que sabía que en cuanto se fueran los invitados le esperaba una buena reprimenda de su progenitor, continuó sin inmutarse. Hablaba con tal seguridad que se diría que conocía bien el terreno del que estaba hablando, pero lo cierto es que allí no había estado nunca. Su familia llevaba un año viviendo en el extranjero cuando él nació. Jamás había pisado la patria de sus padres.
¿Cuáles fueron sus palabras exactas? No lo sabemos. Los que estaban presentes en aquella cena nos refieren que el muchacho contó a los invitados de su familia todo lo que sabía de aquel lugar, lo describió con gran detalle y hasta se permitió pedirme un mapa a su padre y señalar con un bolígrafo el agujero en la roca donde debían estar los huesos que buscaban. Y resultó ser extremadamente exacto y además, por sorprendente que parezca, acertado. Uno de los invitados de su familia, un exiliado que pudo retornar a su patria poco después, exploró aquel lugar y gracias al mapa del muchacho logró dar con la sima y lo más importante, con los restos de los cincuenta fusilados de la guerra que durante varias generaciones todos los hombres del valle habían estado buscando. Nadie conocía la existencia de esa sima, que no era ni muy ancha ni muy honda, pero que resultaba muy adecuada para enterrar algo que no debía ser desenterrado nunca, y por tanto nadie nunca los había buscado allí.
Allí pudo empezar la fama de nuestro pastor reencarnado, pero lo cierto es que el padre, cuando suyo lo sucedido, no le dio ninguna importancia. “Se lo habrá contado el abuelo”. El abuelo, el viejo pastor, siempre le contaba muchas historias a su nieto. Y él, el nieto, nunca se cansaba de preguntar.
Todo cambió algunos años más tarde, para entonces el mozalbete ya llevaba pantalón largo, y lo que es peor, pantalón uniformado. Había vuelto a su patria, pero en mal momento, pues acababa de estallar otra guerra. Inmediatamente fue llamado a filas y poco después se encontró oculto entre las montañas con un grueso contingente de compañeros. Una mañana, una mañana muy fría de principios del invierno, se enteró del plan de los oficiales para tomar una ciudad cercana. Y sin atender a sus consecuencias se atrevió a decir que eso era un suicidio. Lo dijo bien alto y uno de los sargentos le oyó.
 –¿Te atreves a cuestionar las ordenes de un superior?
Nuevamente demostró tener una sangre fría y una seguridad en sí mismo extraña en un muchacho de su edad, un muchacho que, para todo lo demás, se mostraba siempre tímido y apocado.
–No. Yo sólo digo que intentar cruzar por donde quieren cruzar, con la nevada que viene, va a ser muy complicado. Lo más normal es que no lleguemos al otro lado.
–El sargento miró al cielo. Hacía frío, sí, pero el cielo estaba muy despejado. Decidió, sin saber muy bien por qué, darle una oportunidad al muchacho. En otras ocasiones le había oído hablar sobre tal o cual monte o tal o cual río y tenía la equivocada impresión de que el muchacho debía ser natural de esta parte del país.
–¿Y tú qué propones, si se puede saber? –Le preguntó en tono burlón. A fin de cuentas estaba hablando con un simple soldado raso.
El muchacho le habló entonces de una estrecha garganta, tan estrecha y quebrada que muy pocos la conocían, y menos aún, pensaban que un ejército pudiera pasar por ella. Le dijo que dos semanas antes no habría sido posible caminar por allí, porque se hubieran ahogado, y que dos semanas después tampoco podrían hacerlo, porque la nieve que iba a empezar a caer se estaría derritiendo y las aguas bajarían furiosas. Pero que ahora era el momento ideal. Por otra parte, si tomaban la ruta del puerto que tenían previsto tomar, les sorprendería la nieve, las ventiscas, las avalanchas, el frío extremo por la noche y sin lugar posible donde resguardecerse, de modo que las bajas serían terribles y por lo demás llegarían tarde a su objetivo, con lo que eso supondría en el plan general de la ofensiva.
Fue tan persuasivo que el sargento decidió llevarlo hasta el refugio de los oficiales. Allí repitió todo lo que había dicho el sargento, pero con los mapas delante. Pudo comprobar como los rostros de los oficiales se trasformaban, como en sus facciones se podían traslucir perfectamente sus pensamientos, como pasaban de la incredulidad a la confianza absoluta en su plan. Fue su primer gran éxito. Le encargaron guiar a dos regimientos, la avanzadilla del ejército. Lo hizo. En una jornada, todos los soldados habían cruzado la garganta y estaban ocultos en territorio enemigo. Regresó sobre sus pasos y al día siguiente cruzaron cuatro regimientos más. El enemigo no logró descubrirles en ningún momento y se pudo iniciar el ataque a tiempo. La ciudad fue tomada. Era una gran victoria, y por primera vez en su vida nuestro pastor fue consciente de su poder, el poder de una sabiduría heredada.
Sin embargo, ese poder era un poder mucho más grande y sorprendente de lo que él imaginaba. Hasta ese momento él mismo había creído en la explicación de su padre. Pero aquello no iba a continuar por mucho tiempo. Y una certeza honda y maravillosa se acabaría imponiendo… Si él sabía todo lo que sabía su abuelo, el gran pastor, el gran hombre, el modelo a tomar por todas las generaciones venideras, porque en realidad él era… No. Aquello no podía ser cierto. ¿O sí? A todos los hombres les cuesta abrirse a la verdad. Nuestro querido muchacho no iba a ser distinto.
Las cosas aún estaban oscuras. Como un amanecer que se intuye pero que aún no se vislumbra por ninguna parte. Esa nueva conciencia de su poder, de su importancia en las operaciones tácticas que se preparaban, le jugó una mala pasada. En una conversación distendida, cometió un desliz pueril, comentó algo que no debía haber comentado nunca:
Él nunca había cruzado esa garganta antes. No había pisado esas montañas nunca. Era su abuelo quien lo había hecho. Él había nacido y vivido a miles de kilómetros de esta tierra hasta hacía sólo unos meses.
Su compañero no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Entonces, cómo conocía tan bien el terreno, cómo lo conocía palmo a palmo, cómo sabía donde había remolinos, donde había una pequeña cueva, que zonas del bosque quedaban expuestas a la vista de los aviones y centinelas y exploradores enemigos y qué zonas eran seguras para acampar y encender un fuego que no sería detectado?
Nuestro muchacho, para justificarse, cometió un segundo error…
–La historia se repite siempre. Esto ya pasó una vez, en otra guerra, hace casi cien años.
Naturalmente aquella explicación no convenció del todo a su compañero.
–¿Pero y la nieve, cómo sabías que iba a nevar? Ninguno de los oficiales pensaba que iba a nevar y todos se equivocaron. Tú acertaste.
No había modo de responder a esa pregunta. “Fue una impresión, un sexto sentido, miré el cielo y me pareció que pronto iba a nevar, simplemente, no sé explicarlo”. El joven soldado no podía haber elegido peor persona para hacer su confesión. En pocas horas todo el ejército sabía que habían sido conducidos por un muchacho sin experiencia y sin conocimientos reales de la zona. Pero pese a todo aquella operación había sido un éxito rotundo. Eso era algo que estaba fuera de toda duda.
Por si fuera poco, otro soldado recordó entonces una vieja historia que había oído a los ancianos del pueblo, una historia que narraba cómo un ejercito quiso cruzar por las tierras altas y cómo se perdió en la niebla y cómo el viento, los acantilados, las avalanchas y el frío lo hizo desaparecer. En los meses siguientes, siempre según contaban los ancianos, con la primavera, fueron apareciendo sus cuerpos helados aquí y allá, en los lugares más inverosímiles o más cercanos, donde la nieve los había ocultado hasta ese momento. Pero otros muchos no aparecieron nunca.
En aquel momento empezó la leyenda del pastor reencarnado. Y como pasa con todas las leyendas, una vez empiezan ya son imparables.
No fue él, ciertamente, quien fomentó esas historias. Pero también es justo decir que no hizo nada por evitar su propagación.
Cuando alguien le solicitaba su opinión, no tenía el menor empacho en darla. Y le pedían toda clase de favores. Y mientras tuvieran que ver con la naturaleza o las gentes del valle, él no dudaba en cumplir lo que le pedían, que podía ser cualquier cosa, desde localizar a unas vacas perdidas hasta predecir el tiempo de las próximas semanas. Poco a poco, los aldeanos lo fueron tomando como el único del que podían fiarse. Si él decía, “sembrad ahora”, todos, hasta los más reticentes, acaban por hacerle caso. Y sus predicciones y consejos siempre fueron oportunos y ciertos. Se pueden contar con la mano las ocasiones en las que no pudo hacer lo que le pedían. Y entonces no trató de fingir o engañar a nadie. Simplemente se encogía de hombros y se daba la vuelta, dejando claro por lo demás que lo que le pedían era algo que excedía sus posibilidades. “No te voy a dar esperanzas. Eso no puedo hacerlo”, decía. Su voz sonaba tan rotunda como siempre. Nadie se atrevía a rechistar o a insistir. Su negativa era tan tajante que su prestigio aumentaba con cada negativa, en lugar de disminuir.
¡Ah! ¡Si hubiéramos estado callados! ¡Si hubiéramos sabido ser discretos! Pero no. La vanidad humana, la impaciencia, las rencillas odiosas lo estropean todo. Nuestro pastor reencarnado fue el secreto del valle, el disfrute de las gentes de los pueblos, nuestro tesoro más desconocido. Él siempre nos quiso bien pero nosotros fuimos unos desagradecidos.
Un bien día llegó un periodista. Le teníamos que haber recibido a pedradas, pero en lugar de eso, algunos de nosotros le abrieron sus puertas. Desde entonces todo se estropeó. Nos robaron al pastor. Lo engañaron. Lo quisieron convertir en algo que no era. Lo confundieron.
Así es como llegamos a aquel día infame de su confesión. De su falsa confesión. No debemos creerla. No podemos creerla. Sabemos que le obligaron a decir que todo era mentira, que él no era la reencarnación de nadie, que todo venía de los libros y de sus estudios sobre la zona. Nuestro pastor era modesto y nunca mentía. Y así hubiera seguido siendo si no hubiera salido del valle. En cuanto se lo llevaron a la televisión le robaron el alma. No metamos esos aparatos del diablo en nuestras casas. Llevadlos a los graneros, como hicimos con las radios. No dejemos entrar a esos extraños que nos arrebatan lo nuestro. Nada de lo que nos muestran puede compensar perder nuestra vida. Esa es la lección que debemos aprender de esta historia.




(foto del autor)