lunes, 27 de julio de 2026

 




HOY TENÍA CITA PARA HACER MI DECLARACIÓN SOBRE EL ASUNTO M. DE M Y EL SUPUESTO LIBRO QUE SUPUESTAMENTE CUENTA SU HISTORIA ("La bola"). 

LA DECLARACIÓN ES LA QUE SIGUE. COMO EL ASUNTO QUE NOS OCUPA ES MUY PROFUNDO, ESTA DECLARACIÓN SOLO BAJA HASTA UN NIVEL INTERMEDIO, DEJANDO LA CAÍDA FINAL PARA OTRA OCASIÓN POSTERIOR.




DECLARACIÓN DE A. V. F. SOBRE EL ASUNTO QUE NOS CONCIERNE. 



No supe de la existencia de la citada M. de M. hasta el 2015 aproximadamente. Para entonces ya llevaba unos tres años colaborando con la revista (Jot Down, en adelante JD). Mi colaboración con la revista (JD) fue totalmente accidental. En aquel momento yo quería publicar una novela. Tenía relación con algunos editores, pero nunca llegaba a publicar nada (entiéndase por “nada” el acto de publicar en papel una obra de tamaño considerable, eso que algunas personas llaman “novela”, con lo cual se descartan las colaboraciones en revistas literarias, que me proporcionaban un placer culpable y sucio que muy pronto se extinguía, dando paso a la desesperación más absoluta). Mis circunstancias familiares y laborales eran extremadamente complicadas. De hecho aquí habría que abrir un gran paréntesis, pero dado que esta declaración no admite más demoras, me limitaré a señalar que dichas circunstancias ya fueron extensamente tratadas por el autor de esta declaración (Alfonso Vila Francés, en adelante “A.V.F”) en su libro “Vida de parado”. Dicho esto, y en caso de ser necesaria una aclaración adicional, el autor de esta declaración (A.V.F) recomienda la lectura de varias reseñas publicadas en el momento de la aparición del mencionado libro (NOTA: se adjuntarán los enlaces correspondientes por ser reseñas publicadas en revistas digitales). 


Se me pide que continúe sin más rodeos… Intentaré en lo sucesivo no incluir más palabras de las estrictamente necesarias en el presente escrito. 


En el 2012 apareció mi primer articulo en la revista (JD). Como he dicho antes fue algo totalmente accidental. En aquel momento mi único interés era publicar una novela. En medio de un mar en calma, sin ningún viento que me dirigiera a ningún lugar en concreto, apareció una persona que se iba a convertir en mi primer “salvador” sin la menor intención serlo…  (Acotación de A. V. F.: las comillas deben respetarse, puesto que el citado A.V.F. no cree en el destino ni en nada parecido, con lo cual ese supuesto salvador no actuó movido inconscientemente por ninguna fuerza de orden superior, sino que todo se debió al más estricto azar). Se intenta reproducir la conversación que tuvo lugar en algún momento del verano del año 2011, sin poder precisar una fecha más exacta… 

Sujeto uno (A.V.F): No sé cómo conseguir publicar la novela

Sujeto dos (E. B.): Tienes que hacerte conocido en internet. Escribe artículos. Las editoriales se fijarán en ti si eres conocido.

Aclaración sobre el sujeto dos: se trataba del hijo de un matrimonio amigo de mis padres, que había venido de visita junto con sus progenitores. Lo interesante del sujeto dos es que pertenecía al mundo editorial, puesto que trabajaba (y continua trabajando) en una editorial con sede en la capital de España (Madrid). Este conocimiento del interior del funcionamiento del mercado editorial era un elemento que el sujeto uno (A.V.F) tuvo muy en cuenta antes de formular la pregunta que iniciará todo el proceso que llevará al lugar en el que actualmente nos encontramos. 

Dicha pregunta era:

¿Y Cuál es la mejor revista digital? (Nota: el autor de esta declaración no recuerda si uso el término “digital” o no, tampoco recuerda exactamente cuál fue su pregunta, pero en todo caso lo importante fue la respuesta del sujeto dos (E. B.). Esta respuesta fue:

La mejor revista es JD.

Llegado aquí es importante señalar que el autor de esta declaración (A. V. F.) señala expresamente que hasta ese momento jamás había oído hablar de la citada revista (JD) y que por tanto no tenía ninguna noticia o conocimiento sobre su origen, modo de funcionamiento, etc. Por tanto, cabe llegar a la conclusión de que, según su declaración, no tenía el menor conocimiento o noticia o idea formada en su cabeza o intuición subconsciente (o no consciente) de la existencia de la referida M. de M., la persona o ente corporal que nos ocupa en este asunto. 


El declarado se toma un descanso de varios minutos antes de seguir con la declaración.


Continuación de la declaración de A. V. F. sobre el asunto que nos ocupa.


Meses después de aquel encuentro fortuito envié mi primer artículo a JD. No conocía a nadie. Lo envié a la dirección de contacto que figuraba en la página web de la revista. Mi motivación era clara: no tenía nada que perder. Como he dicho mis circunstancias en aquel momento eran muy complicadas (Nota: me niego a emplear el término “dramáticas”, que tal vez sería el más adecuado: había personas en peor situación que yo, sin embargo sin ser “dramáticas” me dejaban todos los días pensando seriamente en la posibilidad de caerme por la ventana (acotación subsiguiente: tenía que ser “accidental”, porque la hipoteca del piso que no podíamos pagar por estar en el paro tanto mi mujer como yo tenía una cláusula que cubría mi defunción accidental, pero solo si esta defunción era accidental. En otras palabras: si estaba vivo el banco se podía quedar mi casa, si estaba muerto el seguro pagaba mi hipoteca y mi mujer y mis hijos podían mantener la casa). Naturalmente la idea de una muerte accidental no me resultaba atractiva en ningún aspecto, pero lo cierto es que todas las noches me veía atrapado en una serie de pesadillas de las que me resultaba casi imposible escapar. Y aquí es cuando tengo que recalcar la palabra “casi”, porque lo cierto es que desde hacía meses tenía una pequeña vía de escape: escribir en mi blog.


Para hablar de la existencia de este blog tengo que recordar otra conversación con mi mujer. En dicha conversación mi mujer (A C. G., el autor de esta declaración carece de permiso explícito para revelar otra cosa que no sean sus iniciales y por tanto prefiere ceñirse a los mínimos datos básicos) me dijo textualmente (el autor de esta declaración declara recordar perfectamente la respuesta de la referida A. C. G): “todo eso que me dices a mí por qué no lo escribes en alguna parte”. Esta respuesta provocó una sonrisa irónica por parte de A. V. F. “Para qué, pensó, si no lo va a leer nadie”. No obstante, puesto que no tenía nada que perder (y mucho que olvidar), el autor de la declaración que nos ocupa decidió crear un blog (de carácter digital, entiéndase), que luego dio lugar a otro blog y luego a otro más y así hasta un total de cinco blogs, en los que en un principio el autor escribía pequeños textos o subía algunas fotos de su autoría. 


Estos blog, efectivamente, no tuvieron ningún éxito, si se entiende por “éxito” la existencia de, como mínimo, un lector.  Pese a todo el autor de esta declaración no optó por eliminar sus blogs. Al contrario, continuó su plan trazado desde el verano anterior (recuérdese el fortuito encuentro con E. B) y consumó su traición a la vida estrenándose como usuario de una red social conocida como Twitter (en la actualidad X). En este momento, otoño-invierno del año 2012 (el autor de esta declaración no puede proporcionar una fecha más precisa), aparecen pues tres elementos fundamentales: un blog, un perfil en Twitter y el deseo de publicar en una revista de la que no conocía casi nada (solo lo que había visto en internet) llamada JD.  Y aquí se va a producir el primer hecho realmente importante de todo el asunto que nos ocupa. El autor de esta declaración envió un email a la sección de contacto de la citada revista.


Se aplaza la declaración de A. V. F. por descanso del personal.




CONTINUA LA DECLARACIÓN DE A. V F.


La respuesta de mi email fue la esperada: una persona desconocida (que identificaremos con las iniciales L. M.) me contestó en nombre de la revista de manera educada pero no positiva, es decir, negativa, es decir, no necesitaban mi artículo, no necesitaban mi colaboración, no necesitaban mi palabras sabias, no necesitaban mi capacidad de síntesis, mis conocimientos, mi cultura, mi riqueza intelectual, mi talento (en una palabra). Naturalmente, llegado a este punto no tenía nada que perder. Y no pensaba rendirme…  ¿Cómo era posible que el mundo de la literatura se quedara sin ese gran escritor que era yo (aunque el mundo de la literatura aún no se hubiera dado cuenta de lo que se estaba perdiendo…)? No, eso no podía pasar. 


Sin pensármelo dos veces, con la temeridad del desesperado, envié un segundo email, y además tuve la osadía de incluir en él mi primer artículo, el que iba a ser mi primer artículo en JD. Las palabras que acompañaban al artículo “no solicitado” (y que yo había mandado de todas maneras) eran muy breves: le contaba mi situación actual (sin dramatismo y escuetamente: “entre tirarme por la ventana y enviaros este artículo, prefiero hacer lo segundo”) y les decía que estaba dispuesto a publicar gratis. Lo de “gratis” me pareció lógico. No podía obligarles a pagarme por algo que no me lo habían pedido, que de hecho habían rechazado en una primera instancia. Tengo que aclarar que además de lo de “tirarme por la ventana”, que ya he dicho que era algo en lo que pensaba prácticamente todos los días en aquella época, les había confesado algo muy íntimo: aceptar que mis conocimientos sobre, por poner un ejemplo, un poeta georgiano llamado Stalin (nota: Stalin es un apodo) no servían para nada, ni tenían valor alguno, era aceptar mi fracaso absoluto en la vida, y yo, pese a todo, y sin ser dramático, aún seguía pensando que podía ser un buen escritor, que mi novela era buena, que tenía que publicarla, que, incluso, aunque estaba en el paro, podía ser un buen profesor (y si no podía enseñar en ningún colegio o instituto, al menos podría escribir artículos), en resumen, que yo, pese a todo, aún tenía ganas de pelear… El resultado de esta pelea absurda de la literatura y la cultura es siempre una derrota, por supuesto, ni me engañaba entonces ni me engaño. Pero a veces hay que salir a pelear. Porque podremos perdonarnos muchas cosas, pero no perder indignamente, y para perder dignamente hay que salir a pelear. Y pelear, no con fuerza bruta, no con golpes ciegos, sino con la cabeza fría del condenado que no tiene nada que perder.


Se me pide que continúe con mi declaración sin rodeos indebidos. Dado que es la segunda advertencia que tengo en estos términos procuraré pisar el acelerador y seguir el camino previsto sin mayor demora.


Pero el camino es largo… Y tiene muchos senderos que te pueden despistar… 


Podría decir “extrañamente” pero no. No fue nada extraño. Es lo que pasa cuando pones a personas inteligentes y que saben hacer su trabajo en un lugar donde se requiere la experiencia de ese tipo de personas. La persona que contestaba “no” al todo el mundo. La persona que tenía que contestar con un “no” a cientos y cientos de emails como el mío, en lugar de darme una segunda respuesta negativa lo que hizo fue molestarse en leer en artículo que le había enviado. Y recalco la palabra “molestarse”, porque podía perfectamente no haberlo hecho. Yo había sido pesado. Ellos ya me habían rechazado. Yo había insistido. Ellos podían ignorarme… Pero no lo hicieron… Al contrario… La respuesta fue: “nos ha gustado el artículo, te lo vamos a publicar, no te podemos pagar, pero puedes enviarnos más artículos si quieres”. Y ahí empezó todo.


Se aplaza la declaración de A. V. F. por petición del interesado.


CONTINUA LA DECLARACIÓN DE A. V. F SOBRE EL ASUNTO QUE NOS OCUPA.


Se ha dicho que “JD no pagaba a sus colaboradores”. Eso es mentira. De hecho la noticia debería ser exactamente la contraria: “JD paga a sus colaboradores, no como otras revistas”. Y digo “no como otras revistas” pero eso es quedarse corto, porque la inmensa mayoría de las revistas culturales (entendiendo la “cultura” como algo muy general, desde revistas de viajes a revistas de cocina, pasando por revistas de historia, de automóviles, de numismática, de caza, etc…) NO PAGAN A SUS COLABORADORES, o en todo caso les dan tan poco dinero que más que un pago parece una limosna. Esa es la verdad y no voy a molestarme ni en rebatir cualquier argumento contrario, porque he escrito en muchísimas revistas (digitales y en papel) y en la única que he cobrado mis artículos (y a buen precio..) ha sido en JD. Y punto final. O debería ser punto y final, porque siempre hay personas interesadas en manipular la realidad, en cortar y ocultar lo que no les interesa, o en retorcer y retorcer los hechos hasta que les dan la forma que ellos desean… Sí, los dos primeros artículos no los cobré. Y me pareció bien. Hay que tener en cuenta que lo primero que me habían dicho en su primera respuesta fue: “no podemos permitirnos más colaboradores”. Pero conmigo habían hecho una excepción. Me habían publicado mi artículo, y me habían abierto la puerta a enviarles más artículos siempre que quisiera. Me decían que “no podían pagar”, no que “no querían pagar” y ahí hay una diferencia. Por supuesto que me podían estar engañando. Pero hay un hecho evidente: el tercer artículo, que iba para la revista en papel, me lo pagaron. No se lo pedí yo. Lo decidieron ellos y me lo dijeron sin que yo se lo pidiera. Y ahí está la clave: si ellos no hubieran dicho nada, yo les hubiera seguido enviando artículos gratis, porque en aquel momento (y contra toda lógica: lo que más falta me hacía en el mundo era dinero), yo estaba muy contento de publicar artículos en JD, porque esos artículos se leían, y así el plan trazado hacía un año ya (y ese objetivo final siempre estaba en mi cabeza: publicar una novela) se estaba cumpliendo, o al menos iba avanzado en la dirección adecuada. Con cada artículo publicado yo me hacía más conocido. Me convertí en colaborador habitual y una editorial de Sevilla que acababa de aparecer se fijó en mí. Contacté con ellos por email y su respuesta fue: “Sí, te conocemos, nos gustan tus artículos. Enviamos tu novela”. Y sí, esa era la respuesta que llevaba un año esperando… Y sí, les envíe la novela. Y les gustó. Y se publicó. Mi primera novela. ¿Cambió mi vida? No, yo seguía en el paro. Si no pagaba la hipoteca el banco se quedaba mi piso. Pero escribía en JD (lo confieso, le cogí gusto…) y además ya tenía una novela publicada. Era un comienzo. Era lo que quería hacer. Era lo que me mantenía vivo.




DECLARACIÓN DE A. V. F. SOBRE EL ASUNTO DE NOS CONCIERNE

(PLIEGO SEGUNDO)


En la primera parte de mi declaración admitía haber conocido la existencia de la persona conocida como M. (en aquel momento “la bola”, sin más señas) en el año 2015 “aproximadamente”. Me reafirmo en mi declaración inicial. En mis primeras colaboraciones con la revista solo tuve contacto con su subdirector, R. y su director, A. Y eso contacto fue exclusivamente vía email, con la excepción de alguna comunicación breve por Twitter (puesto que nos convertimos mutuamente en lo que se llama en el argot de la red “seguidor”, es decir una persona que tiene acceso a los comentarios de la otra, y puede “interactuar” con ella, es decir, puede responder y comentar sus comentarios previos de manera pública o privada, con la herramienta llamada “mensaje privado”, que actualmente ha cambiado de nombre pero no de naturaleza, si bien este dato es irrelevante para la declaración que nos ocupa). No sería hasta finales del año 2014 o principios del 2015 cuando se produjo en primer encuentro físico con el personal que formaba parte de la revista. Aunque no puedo precisar fecha exacta (lo siento mucho, sería de gran valor para esta declaración, pero mi memoria no es una máquina perfecta) lo que sí puedo afirmar y afirmo con rotundidad es que dicho encuentro se produjo a raíz de una presentación de un libro o número de la revista que tuvo lugar en una librería de la calle Cádiz de Valencia. Allí, en una conocida librería de Valencia, como ya he dicho, conocí en persona a R. (subdirector) , a A. (director) y a otros colaboradores o personal en plantilla de JD, pero nadie me habló de M., por tanto la existencia de esta persona me seguía siendo totalmente desconocida.


En el año 2015, si no recuerdo mal, tuvo lugar una cena de las que se suelen llamar “de trabajo” en un hotel de Barcelona. Me invitaron y fui. Allí recuerdo que escuché a hablar a A., el director de JD, sobre una socia de la revista que no estaba en la cena porque nunca iba a ningún acto ni nadie la conocía en persona. Aquello me sorprendió un poco pero no demasiado. Por aquel entonces mi conocimiento de las personas que de un modo y otro formaban parte de la revista ya era suficientemente sólido como para poder intuir que no se trataba de lo que solemos llamar “gente corriente”, es decir que eran personas muy particulares con unos comportamientos muy particulares. Otro colaborador de JD lo expresó de manera pública en cierta ocasión con las palabras: “En JD todos son unos frikis”. Nota: curiosamente él no se consideraba a sí mismo “friki”, lo cual desmentía su afirmación. Y tengo que añadir que el director, A., que había escuchado la afirmación, contestó negativamente, con el argumento de que “Alfonso (es decir yo mismo) está en JD y no es friki”. A lo cual yo me apresuré en responder que me sentía muy ofendido por no ser considerado “friki”, pero lo que pasaba es que yo era un “friki” encubierto, un “friki” camuflado de persona “normal”, un “friki” secreto y clandestino, pero en el fondo tan “friki” como cualquiera de los allí presentes. (Nota: dícese “friki” de una persona “extravagante o rara o que siente una pasión muy grande o obsesiva por una afición específica”, según la RAE). Este adjetivo calificativo tiene su importancia porque muchas veces ha sido utilizado por los enemigos de la revista (que son muchos y taimados) como un insulto, cuando en realidad para mí, debo decir, en aquel momento era un orgullo ser un “friki” (o “friqui”) de JD. Y lo sigue siendo.


Sin intentar desviarme más (pido perdón nuevamente) en el objetivo de la presente declaración debo decir que, a partir del momento que supe de la existencia de la citada M. (o “Bola”), empecé a escuchar historias sobre ella. Sin embargo, en ningún momento estas historias me resultaron más sorprendentes que otras historias que escuchaba acerca de otros colaboradores y personal fijo de la revista. No, en realidad, allí lo extraño, lo raro, era no encontrarse con historias sorprendentes en cada encuentro físico a lo que asistía. Entiéndase por “encuentro físico” a las presentación de libros o revistas y a las cenas y fiestas que tenían lugar después de estas presentaciones. Podría extenderme mucho en este punto, pero creo que se aleja del objetivo de la presente declaración, como ya he dicho, y temo ser amonestado nuevamente. Por tanto, concluyo aquí esta parte de mi declaración.


La declaración de A. V. F. se aplaza hasta nueva orden.



DOCUMENTACIÓN QUE APORTA EL INTERESADO.

Sobre el citado libro “Vida de parado”:

Doc 1:

https://www.jotdown.es/2023/02/vida-de-parado-cronica-de-lo-que-no-se-conto-y-nacimiento-de-un-escritor/


Doc 2:

https://revistapurgante.com/vida-de-parado-de-alfonso-vila-frances/



Anexo legal:


El declarante afirma haber realizado su declaración de modo voluntario, sin haber recibido coacciones o amenazas de ninguna índole. También declara que los errores u omisiones que puedan existir se deben a causas no deliberadamente provocadas por el declarante de esta declaración.







lunes, 29 de junio de 2026

 


TEMPORADA DE CUMPLEAÑOS







 

La temporada de cumpleaños empezaba en diciembre y acababa en junio. Nuestros hijos y los amigos de nuestros hijos eran “niños urbanos”, tal como los definí en un reportaje que publiqué hace poco más de diez años en una revista digital ya desaparecida. Entonces, con un pomposo y un poco irónico título en inglés (Urban kids go country) hablaba de cómo estos cumpleaños eran a veces la única ocasión en que nuestros hijos y sus amigos salían de la ciudad y tenían contacto con eso que llamamos generalmente “naturaleza” en muchos meses. Ellos vivían entre calles y avenidas, y su rutina normal era del colegio a casa pasando, algunas tardes, un rato en un pequeño parque. Salir de la ciudad siempre implicaba cierta preparación y bastante «logística», sobre todo si había que estar todo el día fuera, pero antes ya mi mujer (normalmente era ella) había tenido que ocuparse de todo lo que suponía organizar el cumpleaños. Incluso, si no eran los cumpleaños de nuestros hijos sino de sus amigos (o en ocasiones de sus primos y primas) los preparativos eran importantes. Pero merecía la pena…

En especial nos gustaban (y a los niños también) los que se celebraran en el bosque de El Saler, que está situado entre el mar y la Albufera de Valencia, y los que hacíamos en el río Palancia, cuando subíamos al pueblo del interior de Castellón donde mi mujer tenía familia y donde íbamos a veranear. Esos eran momentos en que los niños urbanos se volvían “salvajes”, con gran placer por su parte y también con gran placer por mi parte porque aprovechaba esos momentos para sacar las cámaras y ponerme el uniforme de camuflaje de fotógrafo, que normalmente tenía guardado en un armario en mi vida diaria en una gran ciudad como Valencia.

(...)


LEER ARTÍCULO COMPLETO AQUÍ:

https://www.fronterad.com/temporada-de-cumplenos/













jueves, 4 de junio de 2026

 


Donde la casta pone el ojo…



Si lo miras bien siempre ha habido casta en la historia de España (me apropio del término en usufructo teniendo en cuenta que ya ha sido masticado, regurgitado y vuelto a masticar convenientemente) y siempre ha sido monolítica, reaccionaria y no ha cedido ni un milímetro de terreno a sus enemigos. Un ejemplo: la “Ley de Contratos de Cultivo” del gobierno catalán de Luis Companys de 1934.

Los republicanos nacionalistas moderados de la ERC, que no eran tan ambiciosos como los partidos de izquierdas nacionales del bienio progresista de Azaña y no pretendían una reforma agraria a gran escala, pensaron que había que hacer algo por los campesinos sin tierra catalanes y se les ocurrió la no radical y no violenta idea de permitirles acceder a la posesión de la tierra que habían cultivado en arriendo durante largo tiempo, a veces durante toda su vida No era una expropiación forzosa ni nada parecido sino  el derecho a la compra de la propiedad arrendada, algo así como lo que pasa hoy en día sin que nadie se escandalice, pero claro, esto, en 1934, a la casta centrista de la CEDA y del camaleónico Lerroux les pareció intolerable, radical, violento, revolucionario y diabólico. Se aliaron con la subsección regional de la casta catalana (en este caso representada por la Lliga Regionalista) y recurrieron al Tribunal de Garantías Constitucionales, porque ya se sabe que nada da más placer que derrotar al enemigo con sus propias armas.  Sin grandes problemas la ley se anuló, porque se consideraba que la Generalitat no tenía competencia en ese campo. Entonces los pertinaces catalanes volvieron a aprobar otra ley casi idéntica a la anterior. La cosa se ponía fea (porque los nacionalistas vascos también metieron baza) y se optó por negociar. La casta centrista cambió de estrategia: No pararon la ley, pero consiguieron anular los artículos que consideraban más peligrosos. ¿Y se quedaron contentos?

Con las reformas de la ley, aceptadas a regañadientes por el gobierno de Companys, una ley modesta que pretendía mejorar modestamente la situación de los campesinos sin tierra catalanes se convirtió en un pequeño parche casi totalmente inútil frente al gran problema que había que resolver, pero no, respondiendo a la pregunta de si se quedaron contentos, pues no, no se quedaron contentos. 

Por eso, cuando la agitada situación del país les dio la oportunidad de volver sobre el asunto, no perdieron la oportunidad y entraron a degüello, o entraron a cañonazos, mejor dicho, que unos cuantos tiros y unas cuantas bombas bien dadas pueden despejar el camino y hacer que las cosas vuelvan a estar claras, es decir, que los que están arriba puedan irse a dormir tranquilos sin ser molestados por los revoltosos de abajo. Muy poco después los mineros asturianos se sublevan a raíz de la huelga general convocada como consecuencia de la crisis política que ha posibilitado la entrada de tres ministros de la CEDA en el gobierno central. Esta revolución acabó en un baño de sangre, y por si fuera poco, el ingenuo de Compays había declarado oficialmente, tal vez llevado por el fragor de la lucha, el “Estado Catalán” (eso sí, dentro de una “república federal española” que se había sacado, como su estado, de la manga). El truco de magia no gustó nada a la casta centrista, como es de suponer, y no se plantearon si la cosa era en serio y era fruto de un delirio revolucionario pasajero. Como ya hemos dicho lo solucionaron a tiros y con cañonazos y, una vez despejado el camino, con una buena limpieza. Companys y su gobierno en pleno se fue de cabeza a la cárcel, y luego se acordaron de la Ley de Contratos de Cultivo y también, porque a la hora de limpiar empezar da pereza pero luego uno se anima y le coge gusto y ya no puede parar, se acordaron del Estatuto de Autonomía, que era una cosa muy fea que a los catalanes no les hacía ninguna falta y que además, se había visto tan nítido como el agua más nítida, que no sabían usar bien. Lo anularon todo, porque anular era una cosa que sabían hacer divinamente, y se quedaron tan panchos. Y se fueron a dormir tranquilos, que ya se sabe, donde la casta pone el ojo acaba por poner la bala, aunque llegue en diferido.




jueves, 2 de abril de 2026

 














Al libro España en regional, glosado aquí en su día, le siguió otro, Caminos de hierro, especie de continuidad del primero y que la parálisis por la pandemia postergó hasta ver la luz con idéntico afán: viajar y glosar lo que Alfonso Vila llama como "el mosaico roto del ferrocarril español". Se habla en ellos de los trenes que ya no circulan, de los ferrocarriles desmantelados o directamente olvidados por la adversidad y la incompetencia. Ahora, en este En vía muerta, el autor ha fotografiado la naturaleza muerta del paisaje de España a través de las estaciones de tren abandonadas. Lo que se ha dado en llamar como España vacía (mejor que la ideológica España vaciada), tiene aquí su más nostálgico muestrario de lugares postrimeros, donde el abandono, la incuria y la nostalgia forman un bodegón natural al que es difícil no sucumbir.

Alfonso Vila Francés lleva cinco años viajando en tren –otras veces en coche y también a pie– con el fin de dar testimonio de tanta vía férrea sin uso. Dice con razón que “las estaciones abandonadas son el territorio del olvido y que el territorio del olvido es el territorio de la naturaleza". De ahí lo dicho, el bodegón, la naturaleza muerta del paisaje español a través de los trenes desmantelados y las estaciones que hoy perviven en forma de casonas afantasmadas, de dioramas carcomidos o pintarrajeados y que han quedado a la vista, en mitad de un monte, sobre una paramera, en las afueras de tal o cual pedanía, o junto a un curioso sotobosque.

El trabajo de Vila Francés nos hace viajar por la fantasmagoría de los lugares por donde sólo circula ya, todo lo más, el hálito final del tiempo. Estaciones silentes y caedizas, como las de Herrera de la Mancha (Ciudad Real), Castellnou de Seana (Lérida), Fitero (Navarra), Villares de Yeltes (Salamanca), La Puebla de Albortón (Zaragoza), Monteagudo de las Vicarias (Soria)... La eufonía del olvido agoniza con belleza en los nombres de los pueblos que perdieron su tren.

No todo aquí es trance de melancolía. El autor también critica la desamortización ferroviaria que ha sufrido España y su falta de cohesión en la red secundaria de trenes. El anhelado AVE no ha hecho si no agravar el daño, sobre todo en algunos trayectos que, más allá de un deber moral de mantenimiento, pudieron ser rentables para, entre otras salidas, dar vida al turismo de segunda velocidad.


Javier González-Cotta

(Bodegones ferroviarios)

EN VÍA MUERTA | CRÍTICA. Diario de sevilla


sábado, 7 de febrero de 2026

 











Y tendrá tus ojos...


Llegaron al albergo Roma y él se sentó en una silla del vestíbulo, mientras ella hablaba con la mujer del mostrador. Entonces no lo pensó, pero luego se dijo que todo había resultado demasiado fácil. La dueña del albergue había accedido a mostrarles la habitación después de una breve conversación y ahora subían acompañados por una criada que parecía más preocupada en continuar con su limpieza (había aparecido con un cubo y un trapo en la mano) que en examinarles con la mirada e indagar mentalmente sobre sus motivos o sus intenciones. Él había permanecido mirando a la calle todo el rato. No había querido oír lo que se decían las dos mujeres. Ni siquiera había querido seguir la conversación a través de sus miradas y sus gestos. Si hacía un pequeño esfuerzo, podría imaginar bien en que había consistido todo. Incluso, si quisiera, podría intentar reproducir las palabras exactas (y seguro que no tendría muchos errores). Suponía que no serían los primeros que querían ver ese cuarto. Y sabía bien que ella no tendría ningún escrúpulo en rogarle si era necesario.

Ahora miraba a la criada en silencio, que subía ágilmente las escaleras aunque no era una mujer joven. Y notaba como a cada peldaño su respiración se hacía más dificultosa. 

Por fin llegaron frente a la puerta cerrada. La criada no perdió el tiempo.

–Luego volveré a cerrar –les dijo. Y se marchó sin decir más ni molestarse en esperar a que entraran.

La habitación estaba en penumbra. En un primer momento, él agradeció una cierta sensación de frescura que muy pronto se disipó por completo. Cuando se cercioró de que realmente estaban solos ella cerró la puerta y se dirigió directamente hacia la cama. La habitación estaba tal y como la había dejado su último inquilino. Nada había sido cambiado. Pero ella no se molestó en mirar la percha o el teléfono o la lámpara o las cortinas. Se quedó inmóvil frente a la pequeña cama con cabecera metálica (una cama como cualquier otra, que no había sido usada desde hacía casi una década) y esperó a que él se alejara de la ventana y se acercara a la cama. Siempre hacía lo mismo. En todos los hoteles, en todas las habitaciones. Los primeros minutos de soledad y de intimidad no eran para ella. Pero ella sabía que tenía que esperar. Y esperar en silencio. Sabía que él tenía que cumplir con su rito. Si no podía mirar por la ventana, se le secaba la boca, el sudor le caía copiosamente, sus ojos se abrían como platos y se llevaba las manos desesperadamente a los botones de la camisa: parecía que se fuera a ahogar de un momento a otro.

“¿Qué se ve?”, podía haber preguntado (como otras veces). Pero esta vez esperó en silencio. No tenía por qué decir nada. 

Tampoco recitó ningún verso (“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, pensó inevitablemente, y se perdonó a si misma semejante torpeza). Se quitó sus zapatos y se tumbó en la cama. No hizo el menor ruido. Cuando estuvo situada en el centro de la cama, con los brazos pegados al cuerpo y las piernas ligeramente separadas, empujó discretamente su cuerpo hacia arriba y hacia abajo, para comprobar si los muelles chirriaban y después, al descubrir que sí, que en efecto chirriaban, separó un poco más sus piernas y estiró los brazos todo lo que pudo. Finalmente, sintiéndose bien segura de su posición, volvió el rostro y le lanzó una mirada picara.

 Aquella era la segunda vez en una semana que ella le dirigía ese tipo de mirada. Hasta ese momento él había intentado no pensar en ello. Le gustaba esa mirada. Ella sólo miraba así en momentos como ese. No es que sus otras miradas no le gustasen también, ni que ella no se mostrara dulce, cariñosa, picara, perversa, juguetona, astuta, lasciva, en otros momentos, pero sólo en las ocasiones especiales y en los lugares especiales ella podía trasmitir todo eso en una simple mirada y además hacerlo de un modo tan limpio, tan puro, tan descarado, tan seductor y tan totalmente ausente de vulgaridad, de malicia o perversidad. Esa mirada, que jamás nadie en el mundo podría catalogar de inmoral, (por mucho que fuera la señal convenida para algo que, más que inmoral, muchos hombres y algunas mujeres considerarían  sacrílego o escandaloso), era la mirada con la que ella le decía que estaba dispuesta para recibir no su hombría ni su placer ni su deseo sino su vida, la vida que él aún le podía otorgar. Y eso era algo que él no podía dejar de percibir como lo que era: como algo sagrado, como un rito secreto e íntimo, incomprensible para los no iniciados, que, como todos los ritos, trascendía con mucho la mera categoría de símbolo o de metáfora. No. Él siempre sentía una punzada de dolor indefinido en esos momentos. Sabía que debía reponerse y lo hacía. Pero aquello le llenaba de angustia y, a la vez, le sumía en un estado de tranquilidad absoluta, de serenidad. Era como si su sangre se volvieran sólida. Como si, por algún prodigioso experimento de alquimia, su naturaleza se volviera temporalmente metálica. Así se sentía, temeroso en los momentos previos, duro e insensible después de la trasformación. Y finalmente liquido, finalmente diluido en sudor, en un ser acuoso y movedizo. Pero era algo inevitable… 

Sin pensárselo dos veces, se descalzó y trepó lentamente hasta el colchón. Se colocó sobre ella y trabajosamente, parándose de vez en cuando para quitarse el sudor que le resbalaba por la frente, acopló su sexo al suyo y, aunque se sentía cansado y enfermo, trató, como hacía siempre, de complacerla. (En ese momento, si alguien le hubiera preguntado qué estaba haciendo hubiera respondido que “Tirando de un mercancías pesado por una cuesta larga”. Pero nadie le preguntaría nunca tal cosa. Y él, por otra parte, se sintió tremendamente satisfecho cuando logró llegar a la cima de la cuesta sin que ella hubiera tenido que ayudarle.) Todo había ido bien.  Y ninguno quería estropearlo con palabras. Aunque no disponían de mucho tiempo, tardaron unos minutos en levantarse. Permanecieron inmóviles sobre la cama sin deshacer, sobre la cama que aún, a pesar de los años de polvo, calor, nieve, lluvias y viento, continuaba oliendo a muerte (mejor no pensarlo), y tal vez aún estarían ahí si ella, al sentir que algo húmedo y pegajoso resbalaba por la umbría de sus muslos,  no hubiese comprendido de pronto, como si un rayo repentino le hubiera hecho ver las dimensiones enormes de la caverna oscura donde acababa de caer, no sólo dónde estaba ni lo que había hecho (que ya era suficiente) sino que aquella sustancia sobrante podía manchar la sábana marchita e inmaculada. Entonces se incorporó de un salto y al hacerlo, le golpeó involuntariamente en el estómago y le hizo gritar de dolor.

Ese grito (que él lamentó más que ella), se elevó como una sombra negra sobre ellos, sobrepasó la puerta cerrada y se precipitó por el oscuro pasillo. Se arreglaron como pudieron y, entre los dos, alisaron la sábana. Tras una última inspección, ella llamó a la criada, que apareció sospechosamente rápido por el largo pasillo (quizá el grito la había prevenido). Bajaron las escaleras en silencio.

Ella se despidió de la dueña y dejó algo en el mostrador (¿un billete?) que la dueña escondió rápidamente en algún bolsillo. 

De regreso a la calle, él se atrevió a preguntar qué tocaba ahora. Pero ella estaba demasiado pendiente de mirar los números de los trolebuses como para oír la pregunta.  El calor del verano y el sol del mediodía habían vaciado las aceras. Mientras esperaban su trasporte él se resguardó en un portal buscando una sombra exigua y casi inútil y  bajó la mirada porque la reverberación de la luz le dañaba los ojos. Ella se ocupó de las cuestiones prácticas, como siempre.  

Llegaron a la estación de ferrocarril y ella se sentó en un banco. Allí, una vez se quedó sola (no había tenido que mandarlo a la cantina, pues él mismo se había ofrecido a ir a comprar algo fresco para beber) cogió su diario, rebuscó la lista, tachó un nombre (Pavesse, al final todos somos un simple nombre) y, junto al nombre tachado, escribió una fecha y el número de días que habían pasado desde su última menstruación. (Dos semanas y un día. Un buen momento.)  Como siempre que realizaba el mismo acto (curioso que lo pensara entonces y no antes) recordó las palabras del doctor: Seis meses. Puede que más. Puede que menos. Esas palabras, algún día, no significarían nada. Algún día no recordaría ni las veces que las había repetido deseando que no significaran nada, desando que fueran unas palabras anónimas escuchadas involuntariamente en la sala de espera de una estación, como papeles o un pañuelo dejado caer por descuido. 

Todos los médicos dicen lo mismo, había dicho entonces. Y luego se lo había llevado por el mundo, como una madre que tira de los brazos de un niño que se para delante de un puesto de una feria. De eso hacía ya cinco meses. Cinco meses era mucho tiempo, demasiado tiempo. Él estaba bien. No solía quejarse. El calor, este verano largo y tórrido del Mediterráneo, no ayudaba lo más mínimo, desde luego. Tal vez deberían haber dejado Italia para más adelante, pero… 

Cerró la libreta con un repentino estremecimiento. Se levantó y fue a mirar al tablón de entradas y salidas de trenes. Tenía tiempo. Demasiado tiempo. Salió a los andenes y caminó al sol. El calor era insoportable y era una suerte no tener que llevar ninguna prenda interior debajo de su ancha y fina falda. El aire podía circular bien por entre sus piernas y no se sentía tan pegajosa y sucia como otras veces. Pero aquel día no corría ni el menor soplo de viento. El aire estaba estancado sobre la ciudad como ese olor a muerte que había percibido en la habitación del hotel Roma. ¿Cuánto más tiempo permanecería cerrada? ¿Sin ser usada por nadie? En realidad nadie tenía derecho a dormir en esa cama. Y si ella había hecho lo que había hecho había sido por un buen motivo. En Londres y en Berlín había hecho lo mismo y hasta ahora no sentía que hubiera transgredido ninguna ley. Miró su reloj y volvió a la sala de espera. Él aún no había regresado, lo cual no era extraño, pues la mayoría de los pasajeros se refugiaban en la cantina. Se sentó en el mismo banco y se puso a repasar las notas que había redactado sobre Salgari. El bosque (si aún existía) no debía estar lejos. Tal vez había hecho mal eliminándolo tan precipitadamente de la lista. El día era demasiado caluroso. Lo mejor sería cambiar el billete y esperar hasta la noche.

Quiso consultar su mapa y al levantar la vista descubrió que él estaba junto a ella. Había entrado a la sala de espera con dos bocadillos y una botella de agua, lo había depositado sobre el banco y ahora estaba observándola en silencio. Se preguntó cómo no había reparado en él antes. Luego, con cierta aprensión, preguntó en voz alta:

–¿Qué piensas?

–En la criada –respondió él.

–¿En la criada?

–Bueno, no exactamente. Pensaba en lo que la criada debía pensar de nosotros –le aclaró.

Ella quiso saber más. Le preguntó que porqué pensaba en eso.

–¿Te fijaste en ella? Si tuvieras que definirla en una palabra, ¿qué adjetivo utilizarías?

Ella se lo pensó un momento antes de responder.

–Eficiente, trabajadora… –dijo. (Había querido decir: sana, rebosante de vida, pero, obviamente, se había mordido la lengua.)

–Sí, vale… –murmuró él. Pero no es eso. O no es el que yo usaría…

–¿Cuál usarías tú? –Volvió a preguntar ella, con cierta aprensión.

–Indiferente. Indiferencia. Si tuviera que calificar su comportamiento, diría que era indiferente, que le éramos absolutamente indiferentes. 

Había recalcado sus ultimas palabras, pero ella fingió no advertir su cambio de tono.

–Supongo que estará harta de enseñar la habitación a gente como nosotros –murmuró.

Aquello era un error. Y el comentario que él hizo a continuación se lo confirmó:

–¿A gente como nosotros? ¿A qué te refieres con eso? 

–Bueno, tú eres escritor… Y yo… Yo soy periodista. 

(Periodista de la sección de Decoración, de Horóscopo, de Efemérides, de no sé qué tonterías…, añadió mentalmente. Pero no dijo nada.)

Él sacudió su cabeza y se quedó en silencio. Era un silencio profundo, dolido. Ella quiso acariciarle la nuca, como hacía siempre cuando notaba que él estaba cayendo en ese pozo del que cada vez le resultaba más difícil sacarlo. Pero no lo hizo: él desvió el rostro hacia ella un segundo y le lanzo una mirada llena de repentina hostilidad. Ella se asustó. Sabía bien por qué rechazaba su caricia. Pero no sabía qué hacer en ese momento. Eran ese tipo de situaciones tan esperadas y temidas las que realmente le ponían nerviosa, y para no dejar traslucir su desconcierto y su miedo, cogió su bocadillo y empezó a comer sin levantar la vista.

No habló hasta que hubo terminado su comida. Entonces, al ver que él no había dado ni un bocado, le preguntó si no iba a comer.

–Comeré luego –respondió, lacónico. 

Ella sonrió tímidamente. Al menos en su mirada ya no había hostilidad alguna. Dejó pasar varios minutos más. Luego se levantó para limpiar las migas del banco y de su falda. Él la miró en silencio. Observó como limpiaba concienzudamente el banco de madera y como se sacudía violentamente el vestido. En un momento dado, ella levantó involuntariamente la vista y se topó con sus ojos escrutadores. Se quedaron mirándose mutuamente en silencio durante unos segundos. 

–Me gusta verte limpiar –murmuró él. Su voz era tan tenue que ella apenas entendió nada y sólo el movimiento de sus labios le hizo comprender que él realmente estaba hablando y que aquellas palabras que escuchaba no eran un eco lejano de su imaginación.  

–¿Qué dices? –le preguntó, solícita, dispuesta a hacer un esfuerzo por entenderle.

Un nuevo murmullo salió de su boca, tan apagado como el anterior. Ella no insistió. Soltó un suspiro hondo y se sentó con cuidado junto a él. Su mirada se perdió por la sala de espera, por los andenes, por los edificios grises apenas esbozados en la distancia. Después lo miró, le sonrió tímidamente y le tomó la mano. Finalmente dejó caer la cabeza sobre su hombro.

Una voz molesta anunció su tren por megafonía.








sábado, 3 de enero de 2026

 



EL INVIERNO NO ES PARA VIAJAR... 

(bocetos clandestinos)


A veces me duelen los viajes que no he hecho. A veces, muchas veces... pienso en los viajes que no hice hace muchos años... Y me preguntó cómo fui tan tonto, tan estúpido, tan vago, tan cobarde. Me quedé cómodamente en casa. El invierno es muy malo para viajar. Hace mucho frío. Los días son muy cortos, las noches terribles. He pasado mucho frío al final de las noches de invierno, cuando tocaba volver a casa por calles vacías y tristes, barridas por el viento, llenas de niebla, con silencio de iglesia profanada, con la sensación de volver de una guerra que has perdido... Tuve oportunidades de viajar en invierno, y dije que no. Y otros fueron y me contaron lo que vieron... La nieve fuera del tren, la nieve en las montañas en una noche de luna, en un tren que cruza un país que no conocemos... Esos viajes que no hice son los que más duelen. Los otros, por mal que salgan, nunca son malos. Por eso ahora, hoy, a veces, aunque el invierno no es para viajar, pese a todo, a veces, ahora, viajo en invierno, aunque sean pequeños viajes, aunque sean viajes duros e incómodos... Aunque el tiempo me lo ponga difícil (la nieve, la niebla, el viento, la lluvia...) , y uno tenga la tentación de quedarse en casa...






























































https://www.instagram.com/vilafrancesfotografo/


https://www.revistamercurio.es/2026/03/05/pase-privado-la-fotografia-desde-donde-otros-no-miran/




miércoles, 27 de agosto de 2025


 








VIAJES EN TREN Y OTROS VICIOS INCONFESABLES: LISTADO PROVISIONAL

(2020-2025, viajes publicados en libros y revistas)




1. Viajes en tren:


-Valencia-Cuenca-Madrid

-Valencia-Alcázar de San-Mérida

-Mérida-Cáceres-Madrid

-Madrid-Ávila-León-Gijón

-León-Bilbao

-Madrid-Soria

-Madrid-Burgos-Bilbao

-Madrid-Santander

-Valencia-Barcelona

-Barcelona-Puigcerdà.

-Barcelona-Gerona-Portbou

-Barcelona-Monasterio de Montserrat

-Barcelona-Igualada

-Tarragona-Lérida

-Lérida-La Pobla de Segur

-Lérida-Zaragoza

-Lérida-Barcelona

-Zaragoza-Canfranc

-Zaragoza-Valencia

-Zaragoza-Tarragona

-Madrid-Zaragoza

-Valencia-Alcoy

-Valencia-Alicante-Murcia-Águilas

-Zaragoza-Logroño-Bilbao

-Zaragoza-Pamplona-Vitoria-Miranda de Ebro

-Zaragoza-San Sebastián

-Alcázar de San Juan-Jaén

-Jaén-Córdoba-Sevilla

-Sevilla-Valencia

-Madrid-Santander

-Oviedo-Llanes

-Valladolid-Zamora

-Zamora-Madrid

-Alicante-Benidorm-Denia

-Alicante-Murcia

-Zaragoza-Salamanca-Ávila

-Murcia-Cartagena-Los Nietos

-Oviedo-Pola de Laviana

-Oviedo-Pravia-Avilés











2. Vías verdes y ferrocarriles abandonados


-Gandía-Alcoy-Villena-Jumilla-Cieza

-Cierza-Calasparra-Hellín

-Zaragoza-Utrillas

-Alcoy-Alicante

-Albacete-Baeza

-Albacete-Utiel

-Teruel-Alcañiz-Tortosa

-Valladolid-Ariza

-Palencia-Medina de Rioseco-Villada-Palanquinos 

Medina de Rioseco-Villalón de Campos

Segovia-Medina del campo

-Teruel-Calatayud-Soria-Burgos-Santander

-Zaragoza-Soria

-Gerona-Olot-San Joan de les Abadesses

-Madrid-Ciudad Real

-Madrid-Segovia-Medina del Campo

-Plasencia-Salamanca

-Salamanca-La Fegeneda

-Salamanca-Zamora

-Zamora-Astorga

-Oviedo-Proaza-Teverga

-Tudela-Tarazona

-Gallur-Sádaba

-Madrid-Aranda de Duero-Lerma-Burgos

-Madrid-Arganda-Auñón

-Villacañas-Santa Cruz de la Zarza

-Valdepeñas-Puertollano

-Puertollano-Peñarroya-Fuente del Arco




Mas información aquí:

https://www.jotdown.es/2024/09/alfonso-vila-frances-entrevista/